El Valle del Draa no es una parada rápida entre Marrakech y las dunas. Es un destino en sí mismo: más de 200 kilómetros de palmeras, aldeas de barro, kasbahs medio derretidas por el sol y una hospitalidad que todavía se sirve en vaso pequeño y con tres rondas de té. Esta guía te cuenta qué ver, cómo llegar, cuándo ir y cómo encajarlo en tu viaje.
El Draa es el río más largo de Marruecos: nace en el Alto Atlas, en la confluencia de los ríos Dades y Ouarzazate, y recorre alrededor de 1.100 kilómetros antes de perderse en la arena camino del Atlántico.
La parte que interesa al viajero es el tramo entre Ouarzazate y Zagora, donde el río alimenta un palmeral continuo de casi 200 kilómetros: el oasis más largo del país.
Geográficamente, el valle funciona como una frontera. Al norte quedan los oasis verdes y las gargantas de piedra, con paradas clásicas como Skoura, el Valle de las Rosas o Las Gargantas del Todra, muy cerca de la animada Tinghir.
Al sur del Draa, en cambio, empieza el Sahara de verdad: hamada, ergs y pistas que llevan hasta Merzouga por el este o hasta Erg Chegaga por el oeste.
Lo que hace único al valle no es solo el paisaje, sino su arquitectura. A lo largo del río se alinean decenas de ksour (aldeas fortificadas) y kasbahs construidas en pisé, una mezcla de tierra, paja y agua. Son edificios vivos: se erosionan, se reparan y se vuelven a erosionar. Verlas al atardecer, con la luz naranja pegada al adobe, es una de esas escenas que justifican todo el viaje.
Agdz es la puerta de entrada al valle, a unos 68 km de Ouarzazate tras cruzar el puerto de Tizi n'Tinififft. A pocos kilómetros está Tamnougalt, uno de los ksour mejor conservados del país, con su antigua kasbah caíd convertida en museo. Si te fascinaron los edificios de Ait Ben Haddou, aquí encontrarás lo mismo pero sin autobuses ni decorados de cine.
Entre Agdz y Zagora, la carretera va saltando de oasis en oasis: Tinzouline (con sus grabados rupestres prehistóricos), Timiderte, Tansikht. Merece la pena parar sin plan, bajarse del coche y caminar entre las acequias. La zona vive de los dátiles la variedad boufeggous es la reina y en otoño el valle entero huele a cosecha.
Zagora es la capital del valle y su centro logístico. Su icono es el famoso cartel de "Tombuctú, 52 días", el tiempo que tardaban las caravanas en cruzar el Sahara a lomos de camello. Desde aquí salen las excursiones más accesibles al desierto, aunque las dunas cercanas son modestas comparadas con las de la ciudad de Erfoud o Merzouga.
Donde se acaba el asfalto empieza lo bueno. M'Hamid, a unos 95 km al sur de Zagora, es el último pueblo antes del vacío. Desde allí se llega en 4x4 (unas dos horas de pista) al Erg Chegaga, un mar de dunas de unos 40 km de largo y hasta 300 metros de altura.
Es el erg más salvaje de Marruecos y, a diferencia de otros, aún no tiene carretera hasta su base: eso lo mantiene tranquilo. Si buscas algo más rápido y cercano a Marrakech, el desierto de Agafay es la alternativa pétrea de fin de semana, pero no juegan en la misma liga.
El acceso natural es por carretera desde Marrakech: se cruza el puerto de Tizi n'Tichka (2.260 m) hasta Ouarzazate —unas 4 horas— y desde allí se baja al valle. Calcula 7 u 8 horas de Marrakech a Zagora si vas directo, aunque hacerlo del tirón es un error: el trayecto está lleno de paradas que merecen la pena.
Si llegas en avión, los aeropuertos más prácticos son Marrakech, Ouarzazate y, para quien venga desde el sur, Agadir. Desde Casablanca también funciona, sumando unas tres horas más de carretera.
Antes o después del Draa puedes encadenar el Alto Atlas: senderismo en el Parque Nacional de Toubkal, las bereberes Cascadas de Ouzoud cerca de Azilal, o una parada tranquila en Beni Mellal. Hacia el suroeste, las murallas de tierra roja de Taroudant hacen un puente perfecto entre el desierto y la costa.
Muchos viajeros unen el sur con las Ciudades Imperiales. En Rabat te esperan la Torre Hassan y la Casba de los Udayas; en Meknes, la monumental Bab Mansour; y en Fez, joyas de la arquitectura meriní como la Medersa El Attarine. Muy cerca quedan el yacimiento romano de Volubilis y la villa sagrada de Moulay Idriss en Marruecos, además del aire alpino de Ifrane y los cedros de la ciudad de Azrou. Más al este, Uchda es la puerta a la frontera argelina.
En la propia Marrakech, reserva un día para la plaza de Yamaa el Fna, el Palacio de la Bahía, la Mezquita Kutubía, las Tumbas Saadíes, el Jardín Majorelle, los Jardines de la Menara y el Museo Dar Si Said. Y si pasas por Casablanca, no te pierdas la Mezquita de Hassan II, la Plaza de Mohamed V, el Barrio Habous, el Mercado Central, Villa des Arts, el Twin Center y las Playas de Ain Diab.
Después de tanto polvo del desierto, el Atlántico sienta bien: Essaouira y la vecina Sidi Kaouki, el surf de Taghazout, el Valle del Paraíso en Agadir, los arcos de la Playa de Legzira, la calma de Playa Blanca o, mucho más al sur, la laguna de Dakhla. Hacia el norte, Tánger y su Kasbah, la Mezquita de Sidi Bou Abib, la andalusí Tetuán y el azul de Chefchaouen.
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